SUSANA TORRES
Tal vez lo que más censuras me ha generado es mi serie de intervenciones artísticas sobre banderas reales. Ellas me han dado satisfacciones (me invitaron a exhibirlas en la sexta bienal de la Habana) pero también problemas. Como en el texto del catálogo cuando las exhibí por primera vez bajo el nombre La Vandera en 1995 –época de reelecciones fraudulentas y amnistías a genocidas. En tiempos de censura ¿como hablar de lo innombrable? Ante las preocupaciones del curador de la galería por nombres, argumentos y palabras en ese texto, finalmente optamos por no eliminar sino tachar las partes incómodas, evidenciando así lo que no se podía decir. Hacer visible la censura era una manera de combatirla.
Ese mismo año, se me invitó a una muestra organizada por La Coordinadora Nacional de Derechos Humanos. Acepté por considerar necesario apoyar a una valiosa y sobre todo valiente institución. Como las artes plásticas no son su especialidad, con la mejor de las voluntades colocaron a una artista como curadora de la muestra.
Llevé una de mis banderas intervenidas, pero a los pocos días la susodicha curadora argumentó que mi trabajo no era bueno y no servía por que no era una representación (todo en tono muy cortés). Luego me mostró un cuadro suyo abstracto y me explicó que detrás de “esas formas” habían caballitos. Empezó a instruirme sobre lo que entendía por arte y yo en mi ignorancia tenía que aprender. Y por supuesto debía retirar mi obra de la muestra.
Miguel Lescano entró a la oficina y defendió mi trabajo a capa y espada, explicando su significado, lo pertinente con la época y precisamente con una muestra contra la censura. Yo me sentía muy mal. Podía comprender una posición que, por convicciones casi religiosas, no aceptara la modificación de un símbolo, pero ese discurso patético sobre los caballitos, era demasiado. Me sentía humillada y ridícula escuchando que mi obra era mala. La censura era simple y llanamente por la mirada tonta de una curadora improvisada que (como debe ser) tenía total libertad de decisión dentro de la muestra.
La situación era surrealista. La obra yacía como mantel sobre la mesa. Mi amigo no pudo convencerlos. Doblaron mi bandera y la pusieron en mis estirados brazos. Creo que escuché cornetas y los últimos cañonazos. Me sentí como cuando le dan esa distinción a un deudo que perdió a un ser querido en batalla pero en ese momento nada lo consuela. Me fui literalmente al borde de las lágrimas con un conmovido Lescano que me decía que él si creía en mi trabajo. Me habían dado de baja.
Como a los dos años me invitaron a una colectiva en una nueva galería. Con un novísimo curador acordamos exponer la misma pieza en su plenitud. En la inauguración habría un recital de poesía de una excelente poeta. Todo parecía okey. En la mañana de la muestra recibo la nerviosa llamada del curador con los gritos de la poeta tras él. La voz de ella ordenaba retirar mi obra mientras el curador le discutía intentando hacerla entrar en razón. Ella sólo amenazaba con alaridos cancelar el recital por mi causa (yo la conocía hasta entonces sólo por su obra y alguna vez la habría visto a los lejos). Intenté conversar con ella pero se negaba y parecía estar en un ataque de nervios mientras el curador seguía argumentando con ella. Fin de la llamada.
A las horas varios artistas amenazaban con retirar sus piezas como un gesto de apoyo a mi trabajo. Pero para bailar tango se necesitan dos y yo no podía entrar en un lío que no terminaba de entender. Además no quería perjudicar a un espacio que recién empezaba. Mandé retirar mi bandera y esta vez me sentí feliz y en paz. El hecho me parecía casi gracioso. Nunca entendí qué desató tantas pasiones. La galería duró casi nada.
Moraleja: hasta la censura en el Perú suele ser mediocre. A pesar de la incomodidad política provocada por mis banderas en varios niveles, las censuras finalmente efectivas tuvieron simplemente que ver con la locura o con la estupidez.
(FIN)